“La música nace, no se hace”
COMPOSICIÓN DE UN DELIRANTE SUEÑO MUSICAL
Por: Elmer Martín Alvarado Correa
Día a día quienes transitan alrededor del conjunto armónico de estilo republicano de la Plaza Bolognesi se han acostumbrado a escuchar diferentes tonos musicales que se mezclan con el estridente ruido del caótico tráfico limeño.
Emprender un rumbo hacia el interior de las viejas casonas de amplios balcones que guardan tradicionalmente pasajes históricos, es una experiencia que rebosa el alma y embelesa la eterna imagen del Perú antiguo y profundo que suspira o se deleita al compás de la música.
Allí funcionan diferentes talleres artísticos, que reciben a un sin número de jóvenes que aspiran alcanzar la fama entre la composición y el agitante ritmo folclórico que ha movido masas fusionando la cultura y del que casi todos han sido testigos en nuestra capital.
La euforia musical del huayno y la cumbia en el Perú han gestado un fenómeno juvenil que hace gala a un gran brinco evolutivo de estilos y recursos musicales que son un conducto de expresión de las vivencias del emigrado, que sufriendo día con día comete su misión de convertirse en un limeño urbanizado.
Durante las tres décadas que transcurrieron desde los años cincuenta el Perú, especialmente Lima, experimentó cambios sociales fundamentales. Las barriadas que aparecieron como invasiones masivas ilegales de familias inmigrantes se desarrollaron como vecindarios prósperos de las clases trabajadoras. Los descendientes de los primeros migrantes del interior, se asentaron definitivamente en la ciudad y lograron legalizar su presencia. Y la música fue el sonido que los acompañó y el que les permitió identificarse desde un inicio con la nueva realidad urbana.
Las sombras de la vetusta escalera, entre las avenidas Arica y Brasil, conducen lentamente hacia un pintoresco balcón colmado de fotografías, afiches y colores folclóricos. Allí nos recibe el profesor y director del taller de música ASOPROTEC, Sixto Agramonte, de 42 años, que nació en el humilde y acogedor distrito de Ayaviria en Puno, y decidió hace 20 años con muchos planes en mente emigrar a la capital para cimentar un futuro esperanzador en la Facultad de Tecnología y Educación de la Universidad de la Cantuta, donde pudo recibir cursos libres de música y arte. “El estudio te hace diferente, me preocupé por mi superación personal y la música colmó mis expectativas” dice Sixto muy orgulloso de su carrera.
“Lo mejor de este oficio por más humilde que parezca es que terminas conociendo mucho de nuestra historia, de nuestra cultura y su gente” explica Sixto Agramonte que ha viajado por todo el norte, el sur y el centro participando en diferentes festivales y encuentros nacionales de danza folclórica, así como cada año participa, a orillas del Titicaca, en la festividad de la Virgen de la Candelaria, con más de 200 grupos en escena de músicos y bailarines que alegran a miles de visitantes nacionales y extranjeros.
La cordialidad de su forma de ser revela y mantiene las costumbres de un provinciano perseverante que desde niño en familia aprendió a convivir con una cultura que lo enorgullece y lo enreda en el cautivante mundo de la música y la danza que parecen haberse entremezclado en una mixtura multicolor en el interior de sí mismo, como dotes y virtudes propias.
Se emociona cuando recuerda que corría entre los árboles y verdes prados, testigos de su infancia, para prestar una guitarra, ponerse a rasguear y como jugando fantaseaba ser grande. Los músicos nacen, no se hacen nos dice.
Su carrera artística colmada de problemas y dificultades empezó hace 16 años (10 años dedicados al aspecto académico y 6 años a la docencia) y con el tiempo un sueño tenaz y delirante colmó sus ganas perseverantes de trabajar en su propio taller musical.
El año 2000 fue el preludio enrevesado a un presente que ha sido obtenido con trabajo constante y dedicación, trabajo de horas y horas. “Al inicio tuve que arreglar los ambientes, refaccionarlos. Empecé con una guitarra y un órgano, no contaba con más instrumentos, los alumnos solo podían estar 30 minutos en grupos de dos o tres”.
“Poco a poco fui comprando instrumentos de segunda, parchaditos, iba invirtiendo para mantener a mis alumnos satisfechos que de 1 en uno hicieron grande el taller”.
En la actualidad tiene una inversión de 20,000 soles con equipos de sonido profesional los cuales son utilizados para el alquiler de grandes eventos así como también en el trabajo diario de los alumnos. Esto le ha permitido distinguirse de otros talleres que además tiene como propósito elevar el gusto de nuestra música andina al sitial que le corresponde como símbolo de nuestra identidad.
Tiene a su cargo un grupo de 7 profesores profesionales, entre ellos 2 profesores del Conservatorio Nacional con amplia experiencia, que capacitan un grupo de 90 alumnos distribuidos en tres turnos de lunes a domingo en amplios salones equipados con variedad de instrumentos. “Un 60% de mis alumnos son provincianos y un 40 % limeños, aunque últimamente las cantidades se van emparejando”.
Se vienen dictando cursos de guitarra, órgano, arpa, requinto, bajo electrónico, saxo, técnicas de canto (vocalización, articulación), oratoria, danzas y bailes del Perú. Cada curso tiene el valor de veinte soles la matrícula y 80 soles la mensualidad.
Además se ha propuesto seguir trabajando para contar con un estudio de grabación y un centro de esparcimiento turístico que le permita al público disfrutar y degustar de los mejores platos de todo el Perú. “El objetivo es que la gente se identifique con el Perú, que lo valore y lo respete”.
El trabajo desempeñado por todo el equipo ha permitido el lanzamiento de varios grupos como Cielo azul, Los vientos del sur, Los huracanes de la cumbia, Los vientos del amor, La cuzqueñita, entre otros que vienen grabando sus temas y presentándose por todo el país. “Todos los pósters que tengo aquí son los grupos que salieron de este taller y que les sirve de ejemplo a mis nuevos alumnos. Trabajaron cerca de 1 año ensayando técnicas de voz para desempeñarse en el escenario”.
Caminando por el pasillo de sus ambientes que emanan el olor longevo y centenario de la madera de sus pisos, Sixto exterioriza que la música es un arte, es un lenguaje que no solo expresa sentimientos positivos sino también revelan los sentimientos mustios que uno conserva en lo más intimo. Sabe que lo que hace llena las expectativas de sus alumnos y se siente satisfecho de ser el conductor en el rumbo que cada uno haya decidido emprender.
Huber Condori Sanjinez (Profesor de guitarra) de 29 años de edad y Carlos Mendoza Tuanama (Profesor de bajo electrónico) de 28, coinciden que el gusto por la música germinó en el centro de un hogar provinciano rodeado de padres trabajadores que sembraron en sus hijos las dotes artísticas que llevan en la sangre y recorre sus venas.
Una alumna del taller, Élida González Sánchez natural de Puquio en Ayacucho, pequeña de estatura pero grande en convicción a sus 18 años sueña con ser cantante y vender sus discos. Rápidamente se anima a cantar y le pide a Eliazar Requena un arpista de 24 años, natural de Huaraz, que lo acompañe en Fa menor.
Sonrojados y sin temor a equivocarse empiezan a demostrar sus dotes artísticas insondables que revelan el afecto por su propia cultura de la cual no se avergüenzan. Élida cierra los ojos mira hacia la inmensidad del cielo desde el balcón interior y revela sus deseos más sustanciales que desea conseguir.
“Gracias cariño por haberme amado, por los buenos tiempo que pasé contigo…” entona Élida con su simpática, tierna y radiante voz que se confunde entre la aflicción y el júbilo.
“Necesito seguir estudiando las técnicas de canto, pulir mi interpretación complementado con mi desenvolvimiento, quiero ser grande y lo voy a lograr” manifiesta.
Así como ellos muchos seguirán llegando a los talleres de Sixto Agramonte en la plaza Bolognesi y muchos también oirán a su paso, cerca de estos balcones añosos las melodías sonoras de un grupo que no hace nada más que evidenciar sus inherentes gustos folclóricos provincianos que encandilan sus cuerpos y los hacen sentirse “famosos”.