Por: Martín Alvarado Correa
Pocos conocen o han vivido de cerca la dura realidad que enfrentan quienes habitan los puntos más altos e ignorados de los cerros de Pamplona.
Allí donde la sonrisa se confunde con el suplicio, la aflicción y la angustia; donde comer es un reto y vivir casi una obligación, se mezclan las más tiernas miradas de pequeños niños, que a pesar del dolor, siguen soñando ser grandes para conducir el mundo y tomar el control.
Cuando amanece y los rayos del sol se han levantado muy cerca de ellos, o cuando el frio es intenso, triste y doblega su ser, salen para forjarse un mañana, para seguir construyendo ese camino largo y complicado que les asegura seguir viviendo.
Entre los alborozados gritos de un niño que corre y ríe, una madre con lágrimas en los ojos, como clamando justicia, se quiebra en una situación difícil que atormenta el alma y nos hace llorar con ella.
“Solo nos queda seguir viviendo y salir adelante”, dice una madre con profunda aflicción. Nada más que eso, les queda esperar a quienes no encuentran la esperanza de un mañana mejor y quienes conservan a diario, los mustios recuerdos del ayer, cuando eran niños. Soñar y seguir soñando.