Una tradición de familia que hace historia
• Desde el armazón del "puesto", hasta la última venta del día se desarrolla una actividad familiar que se traspasa de generación en generación y que mantiene viva la costumbre sabatina del comercio campesino en el corazón del Bío Bío.
Por Hardy Durán F.
Mariela Reyne R.
Seis de la mañana y en medio del frío paralizante los camiones comienzan a llegar a la Feria Campesina de Avenida Collao. Abuelos, padres de familia, mujeres con guagua, jóvenes y niños son parte de este trabajo. Nadie mira, todos cooperan. Desde el más pequeño hasta el más grande descargan los camiones que en esta jornada traen los productos.
Hace más de treinta años que el mismo panorama se ve todos los sábados y estas familias no se cansan.
Cajones de brillante fruta, fresca verdura y mariscos que parecen recién sacados del mar, van copando la cuadra a medida que los más fuertes de la casa instalan sus puestos, que luego serán distribuidos y adornados con el toque femenino.
Han pasado dos horas y el lugar ya está lleno de color. El ambiente se copa con el grito entusiasta de los vendedores dirigidos a los más conocidos como “caseros”. Collao ha despertado.
Los niños corren y los perros se pasean en medio de las ofertas que los compradores cotizan para elegir la opción más conveniente. Cada puesto tiene lo suyo, sobre todo, clientes habituales.
Don José, alías “el Pirata”, trae a tierra el profundo mundo del océano. Merluzas, ulte, almejas y cholgas hundidas en hielo, están en vitrina para conquistar al exigente público y lograr conseguir un espacio en los típicos sacos de feria y carritos que portan lo escogido por los vecinos.
Larga la feria, alegre la feria, seductora la feria que quiere atrapar a cada persona con sus encantos y sabores. Todo lo que se pueda imaginar está allí.
El mundo evoluciona cada día más rápido y sin mesura. La feria no se queda atrás. Si ésta alguna vez empezó con sus tradicionales puestos de fruta, hoy es incontable la gama de productos que a cada rato son parte de una nueva promoción. Desde joyas hasta queso fresco, desde pollos de campo hasta comino molido, desde manzanas verdes hasta rompecabezas para los niños. “Dos kilitos por mil”, “a luca a luca” se tomaron la jornada.
Un puesto de conejos llama la atención de los más pequeños. Blancos, negros, café y hasta amarillentos hay dentro de una jaula que invita a encariñarse con ellos. Los niños los miran, los tocan y cargosean pidiéndoselos a sus padres que no titubean en negarlo. Es otro el horizonte de este largo viaje, el pedido de la semana, el asadito de la tarde, el cumpleaños o a lo mejor sólo la ensalada del almuerzo, pero no la compra de una mascota.
Dos puestos más allá hay otros conejos, pelados como dicen. Con cebolla, zanahoria, harto aliño y a la olla, de seguro los papás que se negaron, ahora están contentos. Al conejo mascota hay que alimentarlo, este viene listo para servir.
Entre tomates, papas y lechugas, la hora avanza. Mujeres con delantal se pelean silenciosamente entre el tumulto que llega para comprar. Olor a cilantro, manos con tierra y “¿qué va a llevar mi caserita?” es la panorámica de los improvisados pasadizos de esta cálida feria. Son las once de la mañana y el sol no ilumina, pega.
En un rincón se escucha música de los años setenta. Se trata de un espacio de electrónica pasada de moda, como artículos usados, cargadores, batidoras, autos a control remoto y celulares de los más antiguos. La gente husmea entre tanto “cachureo” y le gusta el mall callejero.

Es un viaje al pasado y un aporte al presente porque ¿quién no ha tenido que dejar de usar algo en su casa al no encontrar el repuesto en ningún local? Reliquias del pasado podría llamársele a esos objetos que descansan sobre un mantel en el suelo, afirmado con cuatro piedras del tierral.
La feria de Collao tiene algo especial. Es antigua y está llena de tradición. Familias que por años han traspasado el negocio generación por generación, practican el oficio y entablan relaciones casi familiares con sus compradores. Algunos aseguran que la próxima semana tendrán lo que pidió el “caserito”.
Don Marco es uno de ellos. Tiene cincuenta y ocho años, heredó el negocio de su padre y hoy comparte cuadra con sus dos hijos y cinco nietos. Empezó vendiendo papas y lechugas. Actualmente no hay verdura ni fruta que no se asome en su puesto.
Sus hijos cambiaron la línea del rubro, ellos ahora visten a la gente. Desde ropa interior hasta manteles es lo que cada sábado, llueva o truene, tienen a disposición del público con accesibles precios, según lo que nos contaron quienes todas las semanas visitan el lugar. Aseguran incluso que a diferencia del comercio detallista en el centro de Concepción, aquí siempre tienen los precios “del porte del bolsillo”.
El camino de la feria es largo, ya es hora de almuerzo y el flujo de gente comienza a disminuir. Los feriantes preparan su colación que traen de la casa y otros aprovechan el paraíso de manjares que hay alrededor del estadio. Aparecieron ollas en el fuego, señoras picando cilantro y hombres descansando que esperan ansiosos el plato del día.
En el puesto de mariscos de “Doña Jacinta” se cocina pescado frito con papas cocidas y ensalada de pepino. Las comadres de puestos vecinos se juntan para pasar el almuerzo en grupo. Otros feriantes más lejanos llegan al lugar y juegan al trueque. “Jacintita, un quesillo por un plato de lo que preparó”, se escucha. La “doña” acepta con su armoniosa sonrisa, que si bien no está completa, ilumina los ojos de quien se cruce con ella.
Pasada las 2 de la tarde llegan las últimas personas al lugar. Los platos a un lado, se apaga el fuego y manos a la obra otra vez, con regaños de querer tomar una siesta.
Los precios de los productos bajaron porque la idea es volver con nada a la casa. El calor comienza a incomodar, por eso los clientes compran y se van. Ya no hay tiempo de recorrer. Los niños no gozan siguiendo a los perros ni jugando a las polcas al lado del árbol. Ha sido una jornada agotadora, hay cansancio.
Los rostros ya no son los mismos, caras transpiradas y tocadas de tierra. La energía de la mañana va en descenso pero la sonrisa del típico hombre de feria no se borra. Las ventas estuvieron buenas.
Queda lo que se remata y uno a uno los puestos se retiran. Los hombres que conducen los camiones esperan que todo vuelva a su lugar. Cajones arriba y con el mismo lema “nadie mira, todos cooperan”. La feria que hace un par de horas era un carnaval, comienza a desaparecer hasta la próxima semana, con nuevos productos, ojalá, la novedad de la temporada.
“Estamos listos”, gritan, pero alrededor caminan personas pidiendo las sobras. Los feriantes solidarios arman bolsas con diferentes provisiones y las regalan. Llegó la hora, todos arriba de los camiones, despiden la jornada en la feria de Collao.