jueves, 22 de noviembre de 2012

Hombres, cholgas y pancoras. Otro mundo en Talcahuano 
 Por Sergio Tillería y Rocío González.

Caminamos por una ciudad golpeada y herida, en una plaza recién inaugurada y ya casi sin huellas del tsunami, reconstruida. ¡Una ciudad al fin! Talcahuano florece. En la calle Bulnes y Colón, la farmacia Cruz Verde se presenta pulcra, pero nuestro destino es otro. Avanzamos dos cuadras hacia el norte. Dejamos atrás el comercio, oficinas y transeúntes. De pronto, la brisa marina y un extraño bullicio nos golpean. Llegamos a “La Playa”, llamada así por los del puerto, o el “terminal pesquero de Talcahuano”, para los foráneos.

Lo primero que vemos es un hombre joven que camina con paso largo y seguro, moviendo con exageración sus hombros. Viste zapatillas blancas embarradas, un jeans desteñido y un suéter algo suelto que sigue con cierto retardo su marcha acompasada. 

Los hombros hacia atrás y su pecho al sol, con una camisa blanca abierta dejan ver su piel morena, que en su rostro pendenciero era mucho más oscura aún. Su mirada desafiante y sus ojos amarillos, se concentran de vez en cuando en la empanada de mariscos que tiene con su mano derecha y que devora gustoso mientras avanza. Con una egoísta mirada ante la presencia de las personas. Pasa sin vernos y nosotros, invisibles, avanzamos.

Nos detenemos en la entrada, entre dos hombres ancianos, y me uno a los que permanecen estáticos dentro de un lugar donde el movimiento es la característica. A la derecha, un maltratado hombre de pelo y barba blanca intenta prender una colilla que acaba de recoger del suelo, su rostro curtido se movía de un lado a otro. De pronto sus ojos se clavan en el escote de una mujer que come un helado y cuando pasa por su lado le grita con una voz aguardentosa:

-Señorita, señorita….-el hombre que la acompaña lo mira-, que se limpie, se manchó la blusa con helado.
-Ya gracias -dice desconfiado la pareja de la mujer-.
Miro al que está a la izquierda y muy cerca de mi posición, que si bien también es viejo su pelo todavía es negro. Me mira y me pregunta la hora;
-Flaco, tení hora?
Asiento sin hablar, lentamente saco mi teléfono de un pequeño bolso que cargo, veo la hora y se la digo;
-Van a ser las doce.
-Vale.
El hombre, que también fuma, se llama Marco Williams. Viste un viejo pantalón café, un jersey de lana y zapatos de seguridad. Sus manos con dedos gruesos y muchas cicatrices, parecen triturar el amarillento cigarro que hace humear. Tiene el pelo corto, la piel morena -que por lo que logramos distinguir, es el color con el que se reconoce a los que transitan diariamente por el lugar-, y los poros dilatados. Cuando me habla miro disimuladamente su nariz, es ancha y deforme.

Le consulto cuándo estará listo el nuevo terminal, es suficiente, mi añoso interlocutor se explaya. Me cuenta de los avances y el plazo que se fijó, me mira y pregunta: “¿Cuánto son 900 días?, porque eso dijeron que se demoraba la obra…”, son cómo dos años y medio -le digo-. 

Le da las últimas piteadas a su cigarro, lo mira mientras sopla el humo y aspira profundamente, luego pone la colilla entre sus dedos y lo lanza, con una singular destreza en una cascara de piure que está botada en un pequeño charco a la salida del pasaje.

El reacomodado lugar por la renovación del puerto, parece un laberinto tailandés. Pasillos estrechos, agua, barro, piso de cemento en algunos sectores y de tierra en otros. Las vitrinas han sido colocadas sobre improvisadas patas de madera de tres cuartos. El aire satura con típicos olores marinos.

En un pasillo lúgubre con paredes de madera prensada se amontonan seis puestos de venta. Los colores oscuros de las perchas de piures con sus pequeñas algas pegadas y las cholgas tumbesinas amontonadas una sobre otra, exaltan el rojizo caparazón de las jaibas, vivas aún, se mueven y aprietan todo lo que sus poderosas tenazas logran agarrar.

-Está cambiado el lugar, se ve harta gente nueva. Le digo.
-¡Aquí hay unos patos re maaaalos¡ -dice Marco-. El otro día venía un caballero hablando por celular y pasó uno de vuelo y lo cagó con el teléfono.
-¿Y los carabineros? Le pregunto.
-¡Que¡ si los pacos se paran al frente. Miran un rato las minas y después se van pa´l centro, cómo está recién inaugurado. No están ni ahí.

Le digo que quiero comprar pancoras, pero que estoy esperando. Me pregunta la hora de nuevo y dice que a la una de la tarde llegan los botes y que él atiende a cinco: “Cuando llegan me paro en el muelle y los recibo”. Se distrae cuando pasa un hombre pequeño con un gorro de lana y botas de goma, Marco le grita: “Mi guacho ¿llegaron?”, el tipo sin detenerse ni mirarlo, se limita a negar con la cabeza. Queda conforme y continúa con su historia.

-Ahí los cabros me dicen, ya Marquito, hay que lavar los trajes, los plomos y guardarlos.
-¿Y cuánto le pagan por eso?
-Aquí uno se puede ganar unas 20 lukas de repente.
Explica como lava los trajes de buzo y cuánto se demora. Noto que está haciendo el tiempo para esperar a los botes. De pronto mientras habla; pasa, entremedio de la gente que entra y sale, una mujer curvilínea de no más de treinta años, minifalda de mezclilla, una blusa negra ajustada con chaleco sin mangas, cargando un canasto en su mano derecha. 

La mira y luego dice: “Cachaste esa minita”, le digo que sí… “Va a vender sanguches y café pa´l muelle,…es más caliente”. Contengo un poco mi sorpresa por el comentario y lo dejo continuar, me cuenta que la mujer a veces usa faldas más cortas y que se agacha mostrando todo. Que se separó y que vive en una casa celeste del frente, al lado de la mamá.
-Vamos a mirar pa´llá -me apunta al sector donde llegan los botes-, así aprovechai de cachar cómo está quedando.
-Vamos.

Los estrechos pasillos llenos de puestos de mariscos van desapareciendo. Nos encontramos ahora con un corredor de container que se usan como depósitos, mientras me explica por qué tienen una especie de campana metálica las cerraduras: “es pa´ proteger los candados, pa´ que no los revienten los cabros en la noche”.

Muestra donde llegan los botes y apunta uno que está hundido. Cuenta que ese lo hundieron los lobos de mar, “Se subieron muchos hasta que el bote no soportó y se fue a pique”. Cuando describe esto me fijo en dos lobos que flotan al lado del bote hundido y que nos miran atentamente.

-Se han demorao mis sociates.
-Pero si todavía no es la una -le digo-.
-Mmmm ¿Volvamos?
Mientras caminamos señala el mirador que están terminando, parece un puente colgante a medio terminar. Es una estructura de concreto que se eleva y se interna en el mar, con el propósito que las personas puedan ver el mar desde adentro.

Cuando avanzábamos, un hombre de notoria delgadez me saluda. Recuerdo haberlo visto en unas de mis incursiones anteriores, pasa, me toca el hombro y dice: “Hola amigo cómo está”; bien, bien, le respondo. Marco lo mira, “¡Hola Pirata¡”, éste lo mira y responde “Avísale viejito”. Luego, Marco voltea para confirmar que estamos a distancia, y comenta:
-Socio, tenga cuidado con el Pirata, es ganaor este pato. Aparte le hace a la pasta, si te pilla mal terciaó te caga.

-No se preocupe si no pasa nada con él -respondo-.
-Igual que este otro que viene aquí -hace una pausa hasta que nos acercamos y lo saluda-, ¿Cómo estay Indio?

El Indio, un hombre bajo y mirada agresiva, piel morena y marcada con profundos surcos, tiene una cicatriz de años al pie del mentón que da cuenta de su historia. Pasa sin decir nada, detrás, dos jóvenes con poleras sin mangas y gorro con visera caminan hacia el muelle, miran a Marco y luego me estudian con desconfianza, no los miro y pasan.

Marco asegura donde están las mejores pancoras y que compre con confianza. Como él, veo muchos hombres que están en lo mismo, llevan a los clientes a puestos específicos, así, ellos reciben más tarde una comisión y muchas veces también propinas de los mismos compradores. Toma una bolsa y le ayuda al vendedor a guardar las pancoras, pago mientras Marco carga la bolsa hasta la salida. 

Me entrega el vuelto, pero noto que cuando se lo están pasando, le hace una seña al vendedor para que le incluya monedas en él, y entiendo porqué me dijo que se podía hacer hasta “20 lukas” al día, quiere su propina.

Cuando salíamos de la “Playa”, en el último puesto al lado de la Bentoteca, una mujer gorda con delantal de cocina -como todas las que están atendiendo algún puesto-, moja con un tarro de pintura y agua de dudosa reputación, unos 20 picorocos amontonados en su vitrina asoman su brillante existencia curva por unos segundos para esconderse y salir de nuevo, como dando fe de una extraña vida entremedio de otras vidas.

Noto que Marco se quiere distanciar. Ya obtuvo algunas monedas y debe hacer unas más, los botes deben estar por llegar y como él dice, se tiene que aplicar. Se despide ceremoniosamente de mí, no sin antes recordarme que cuando vaya otra vez pregunte por él: “Acuérdese socito, Marco Williams me llamo, cualquier cosita ahí me avisa”, me da por última vez la mano y se pierde entre botas, gorros y delantales.

Giro hacia la “Playa”, miro puestos, mariscos, pescados y personas, olfateo profundamente una vez más, y siento de nuevo ese aire que golpea. Dos minutos nos demoramos en llegar a Colón. Miro la hora y faltan dos minutos para la una de la tarde. Seguramente en ese pequeño mundillo que dejamos, Marco debe estar en el muelle aplicándose, como él dice, con los cinco botes que tiene a su cargo.